
Una fractura es la interrupción de la continuidad de un hueso, total o parcial, producida por un traumatismo o por una carga que supera su resistencia. El hueso es un tejido vivo: cuando se rompe, pone en marcha un proceso de reparación espontánea que, con el tratamiento adecuado, devuelve la resistencia y la función al miembro afectado. Las fracturas son la urgencia traumatológica más frecuente: en España se estiman cientos de miles de casos al año, con un pico en niños y en mayores de 65 años.
Las más habituales en la práctica diaria son las de muñeca (radio distal, típica al caer apoyando la mano), tobillo, cadera (en personas mayores), húmero y las de los dedos de manos y pies. No todas son iguales: la gravedad depende del tipo de trazo, del desplazamiento de los fragmentos, de la articulación implicada y de la edad y salud del paciente.
Las fracturas se clasifican según varios criterios: según el trazo, transversales, oblicuas, espiroideas, conminutas (el hueso se rompe en varios fragmentos) o en tallo verde (típica de niños, que se dobla como una rama verde); según la piel, cerradas (el hueso no perfora la piel) o abiertas (el hueso o sus fragmentos salen al exterior, con el riesgo de infección que esto supone); y según el desplazamiento, sin desplazar o desplazadas, cuando los fragmentos pierden su posición anatómica. También existen las fracturas por estrés, grietas finas producidas por sobrecarga repetida sin un traumatismo claro, frecuentes en corredores y deportistas.
Los síntomas típicos son dolor intenso en el momento de la lesión, que aumenta con el movimiento o al intentar apoyar el miembro, deformidad visible, hinchazón rápida, hematoma y limitación funcional. En algunos casos (fracturas de muñeca, tobillo o cadera) la deformidad es evidente; en otros, como las fisuras o fracturas sin desplazar, el dolor puede ser moderado y la persona incluso mantiene cierta movilidad. La imposibilidad de apoyar o mover el miembro, el dolor que no cede y la deformidad son los tres datos que obligan a acudir a urgencias.
Ante una sospecha de fractura: no mover el miembro afectado, inmovilizarlo en la posición en que se encuentra (con una férula improvisada o simplemente sujetándolo), aplicar hielo envuelto en un paño para limitar la inflamación, elevar el miembro y acudir a urgencias. Si hay una herida con el hueso visible (fractura abierta), cubrirla con un paño limpio, no intentar recolocar el hueso ni lavar la herida, y acudir de inmediato, porque el riesgo de infección y la necesidad de antibioterapia son urgentes.
Lo que nunca debe hacerse: intentar enderezar o recolocar el miembro por cuenta propia, masajear la zona, aplicar calor o mover al paciente si se sospecha fractura de cadera o de columna. Tampoco debe comer ni beber el paciente si existe probabilidad de cirugía: el ayuno facilita que la intervención, si es necesaria, no se retrase.
El diagnóstico se confirma con la radiografía simple, que en la mayoría de los casos es suficiente para ver el trazo, el desplazamiento y el número de fragmentos. Se realizan al menos dos proyecciones (frente y perfil) y, si se sospecha afectación articular, pueden pedirse proyecciones especiales. La tomografía computarizada (TC) se reserva para fracturas complejas —platillos tibiales, calcáneo, pelvis, fracturas articulares muy conminutas— en las que hay que planificar la cirugía con precisión. La resonancia magnética tiene su papel en fracturas ocultas, como las de estrés o las del escafoides carpiano que no se ven en la radiografía inicial.
Muchas fracturas no necesitan cirugía: las fracturas sin desplazar o con un desplazamiento mínimo y estable se tratan con inmovilización —yeso, férula, bota ortopédica o cabestrillo— durante el tiempo necesario para que el hueso consolide. Durante la inmovilización se realizan radiografías de control para verificar que los fragmentos mantienen su posición. El yeso no es "lo más moderno" frente a la operación: es simplemente la mejor opción para ese tipo de fractura, y su éxito depende de que se respete el tiempo de inmovilización.
Un error frecuente es retirarse el yeso antes de tiempo por molestias o por confianza: si la fractura aún no ha consolidado, puede desplazarse y acabar necesitando una cirugía que habría sido evitable. El alta definitiva se da solo cuando la radiografía confirma la consolidación y la movilidad se ha recuperado.
La cirugía (osteosíntesis) está indicada cuando la fractura es desplazada o inestable, afecta a una superficie articular, es abierta, o cuando la inmovilización con yeso no puede mantener la reducción. El objetivo es restablecer la anatomía y fijar los fragmentos con placas y tornillos, clavos intramedulares, agujas o fijadores externos, para que el hueso consolide en la posición correcta y la articulación pueda movilizarse pronto, evitando la rigidez. En las fracturas de cadera del paciente mayor, la cirugía precoz es la norma: permite sentarse y movilizarse al día siguiente, lo que reduce drásticamente las complicaciones del encamamiento.
El hueso se repara en un proceso que pasa por varias fases: inflamatoria (primeros días), de formación del callo blando (2-3 semanas), de callo duro (6-12 semanas) y de remodelado (meses, incluso más de un año). Los tiempos orientativos de consolidación son: dedos 3-4 semanas, muñeca 4-6 semanas, tobillo 6-8 semanas, húmero 8-12 semanas, tibia 12-16 semanas y fémur o cadera 12-16 semanas. Estos plazos son orientativos: dependen de la edad, del tipo de fractura, del tabaco (que retrasa la consolidación de forma significativa), de la nutrición y del cumplimiento del tratamiento.
La fractura consolida, pero la recuperación no termina ahí: la rehabilitación (movilidad, fuerza y propiocepción) es tan importante como el tratamiento inicial. Tras semanas de inmovilización, la articulación se entumece y la musculatura se debilita; la fisioterapia recupera el rango de movimiento, refuerza la musculatura y enseña al paciente a retomar la actividad de forma progresiva. La rigidez articular y la pérdida de fuerza son las secuelas más comunes y, en gran parte, prevenibles con una buena rehabilitación.
Cuando el hueso no consolida en el tiempo esperado, se habla de retardo de consolidación; si no hay unión después de 6-9 meses, de seudoartrosis (falsa articulación). Sus causas más frecuentes son el tabaco, la mala vascularización, fracturas muy conminutas, infecciones o una fijación insuficiente. El tratamiento puede incluir cambios en la fijación, injerto óseo o el uso de estimuladores de la consolidación. Otras complicaciones son la infección (sobre todo en fracturas abiertas), la rigidez articular y, raramente, el síndrome compartimental —una urgencia que se presenta con dolor desproporcionado y rigidez del miembro tras una fractura de pierna o antebrazo, y que requiere descompresión inmediata.
Para prevenir fracturas: asegurar un aporte adecuado de calcio y vitamina D (lácteos, pescados azules, exposición solar moderada), mantener actividad física regular con carga (caminar, fuerza), no fumar y moderar el alcohol. En personas mayores, la prevención de caídas es la medida más eficaz: revisar la vista, evitar alfombras sueltas y suelos resbaladizos, usar calzado antideslizante y revisar la medicación con su médico. Cuando una mujer posmenopáusica o un hombre mayor de 70 años sufre una fractura de baja energía (una caída desde la propia altura), es obligado descartar osteoporosis con una densitometría, porque la siguiente fractura puede prevenirse.
Acuda a urgencias tras un traumatismo si aparece deformidad, dolor intenso que impide el movimiento o el apoyo, hinchazón rápida o un crujido audible en el momento del golpe. Si la sospecha es de fractura leve o por estrés, acuda a la consulta en cuanto las molestias persistan más de unos días. Un diagnóstico precoz, un tratamiento adecuado y una rehabilitación bien cumplida son la fórmula para que la fractura deje las mínimas secuelas posibles.
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Última revisión: 2026-06-25