
Una bursitis es la inflamación de una bursa o bolsa serosa, unas pequeñas bolsas llenas de líquido sinovial que actúan como amortiguadores entre los huesos, los tendones, los músculos y la piel. Existen más de 150 bolsas serosas en el cuerpo y su función es reducir el roce entre los tejidos durante el movimiento. Cuando una de ellas se inflama, se llena de líquido en exceso y aparece dolor, hinchazón y limitación del movimiento.
Las bursitis más frecuentes en la consulta de traumatología son la de rodilla (bursitis prerrotuliana y anserina), la del codo (bursitis olecraniana), la de cadera (trocantérea) y la subacromial del hombro. Es una condición muy común: muchas personas la sufren en algún momento de su vida, sobre todo quienes realizan trabajos o deportes que repiten apoyos o roces sobre articulaciones.
Cada localización tiene sus propias causas típicas: la bursitis prerrotuliana, en la cara anterior de la rodilla, aparece por arrodillarse de forma repetida (fontaneros, jardineros, trabajos de suelo) — se la conoce como "rodilla de monja" o "rodilla del ama de casa"—; la bursitis olecraniana, en la punta del codo, se relaciona con apoyar el codo sobre superficies duras o con un golpe directo; y la bursitis trocantérea, en la cara externa de la cadera, es frecuente en corredores y en personas con sobrepeso. En el tobillo destaca la bursitis retrocalcánea, detrás del talón, a menudo asociada a calzado rígido.
Lo importante es que la bursitis no siempre es un problema de la bursa en sí: en el hombro, por ejemplo, la inflamación de la bursa subacromial suele ser secundaria a un conflicto con los tendones del manguito rotador, de modo que tratar solo la bolsa sin valorar los tendones puede dejar la causa de fondo sin resolver. Por eso la valoración por un especialista es clave.
Las causas de una bursitis se agrupan en cuatro grandes grupos: movimientos repetitivos o presión mantenida (la más frecuente), traumatismos directos, infecciones y enfermedades inflamatorias o metabólicas como la gota, la artritis reumatoide o la diabetes. Los factores de riesgo incluyen el trabajo físico con apoyos repetidos, ciertos deportes (correr, ciclismo, lanzamientos), la obesidad, la edad avanzada y las deformidades articulares que alteran la mecánica del movimiento.
También existen las bursitis sépticas, causadas por bacterias que entran a través de una herida o erosión de la piel —por ejemplo, una bursitis olecraniana tras un rasponazo en el codo—. Son más frecuentes en pacientes inmunodeprimidos o diabéticos y constituyen una urgencia: si no se tratan con antibiótico a tiempo, la infección puede extenderse y requerir drenaje quirúrgico.
El cuadro típico es dolor localizado, hinchazón con sensación de tumoración o bulto, calor local y dolor a la presión y al movimiento de la articulación implicada. En las bursitis superficiales (rodilla, codo) la inflamación es visible a simple vista; en las profundas (cadera, hombro) el dolor es el síntoma dominante y puede despertar por la noche o al apoyarse sobre la zona afectada.
La diferencia clave entre una bursitis aséptica y una séptica es la presencia de fiebre, enrojecimiento importante, calor intenso y dolor que no cede ni en reposo. Ante estos signos debe acudirse a urgencias: la bursitis séptica necesita antibiótico y, en muchos casos, drenaje. La aséptica, en cambio, suele responder bien al tratamiento conservador.
El diagnóstico es fundamentalmente clínico: la historia del paciente (actividad laboral o deportiva, golpes previos, fiebre) y la exploración física localizando el punto de máximo dolor y la hinchazón bastan en la mayoría de los casos. La ecografía musculoesquelética es la prueba de imagen más útil: confirma el engrosamiento de la bursa, valora la cantidad de líquido y descarta lesiones asociadas de tendones o articulaciones, sin radiación. En casos concretos puede solicitarse una resonancia magnética, sobre todo si el dolor no mejora o si se sospecha una lesión profunda asociada.
Si hay sospecha de bursitis séptica, la punción-aspiración con análisis del líquido es la prueba que confirma o descarta la infección. Esta misma punción, realizada en condiciones estériles, puede ser a la vez diagnóstica y terapéutica al evacuar el exceso de líquido. En la consulta se realiza con anestesia local y en pocos minutos.
La mayoría de las bursitis asépticas se resuelven con medidas sencillas: reposo relativo de la zona afectada, evitar el apoyo o la presión que la inflamó, hielo local (15-20 minutos varias veces al día, protegiendo la piel) y antiinflamatorios orales según indicación médica. Las rodilleras o almohadillas para el codo ayudan a proteger la zona durante la actividad. La fisioterapia cobra protagonismo cuando la bursitis se asocia a una alteración de la mecánica articular, como en la cadera o el hombro, corrigiendo la causa que la mantiene.
La mayoría de los casos mejoran en 2 a 6 semanas con estas medidas. Si el dolor persiste o limita la actividad cotidiana pasadas unas semanas, es el momento de una valoración especializada: retrasarla solo alarga el problema y favorece que la bursitis se cronifique.
Cuando el tratamiento conservador no es suficiente, el traumatólogo puede plantear una infiltración de corticosteroides directamente en la bursa, que reduce la inflamación de forma rápida y eficaz. Si hay un derrame importante, antes de infiltrar se aspira el líquido con una aguja, lo que alivia la presión y el dolor de inmediato. Son procedimientos de consulta, rápidos, con control ecográfico cuando la bursa es profunda, y con un riesgo mínimo si se realizan en condiciones asépticas.
En las bursitis de repetición o asociadas a sobrecarga, también se emplean infiltraciones de plasma rico en plaquetas (PRP), que favorecen la reparación del tejido inflamado y son una alternativa útil en pacientes con bursitis recurrente después de varios brotes. La elección entre corticoides o PRP depende del tipo de bursitis, de la historia del paciente y de la valoración del especialista en cada caso.
La bursitis séptica requiere tratamiento antibiótico inmediato, que suele iniciarse tras la punción y el análisis del líquido. En los casos leves puede bastar con antibiótico oral y aspiración; en los más graves, con absceso formado, es necesario drenaje quirúrgico de la bursa y antibiótico intravenoso. Los pacientes diabéticos y los inmunodeprimidos deben extremar la vigilancia, porque en ellos la infección puede progresar con rapidez y afectar a estructuras vecinas.
La cirugía (bursectomía) queda reservada para un pequeño porcentaje de casos: bursitis crónicas que recaen a pesar del tratamiento correcto, bursitis sépticas con absceso que no drena bien o bursitis asociadas a un conflicto mecánico que no se corrige de otra forma. La bursectomía es una intervención sencilla que extirpa la bolsa inflamada y permite rehacer la cirugía de la causa subyacente si existe (por ejemplo, el conflicto subacromial del hombro, que a menudo se resuelve por artroscopia). Tras la cirugía, la recuperación suele ser rápida y la mayoría de pacientes vuelve a su actividad en pocas semanas.
La prevención pasa por evitar la presión mantenida (rodilleras, almohadillas, superficies acolchadas), interrumpir los gestos repetitivos con descansos, corregir la técnica deportiva y el calzado, mantener un peso saludable y fortalecer la musculatura que estabiliza las articulaciones. En el trabajo, alternar posturas y usar protección reduce muchísimo el riesgo. Y un consejo importante: no masajear ni pinchar la bursitis en casa; si la hinchazón crece o cambia de aspecto, mejor dejarla en manos del especialista.
Acuda a valoración si la inflamación no mejora tras 2-3 semanas de reposo relativo y hielo, si el dolor limita su actividad habitual, si la hinchazón es muy grande o reaparece tras drenar, o si existe cualquier signo de infección (fiebre, enrojecimiento, calor intenso). En este último caso no espere: acuda a urgencias. Con el diagnóstico correcto, la gran mayoría de las bursitis se resuelve con tratamiento conservador o una sencilla infiltración, sin necesidad de cirugía.
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Última revisión: 2026-06-25