
La artrosis de rodilla (gonartrosis) es una enfermedad degenerativa del cartílago articular, el tejido que recubre los extremos de los huesos y permite que la articulación se deslice sin fricción. Con el paso de los años, o por determinados factores, el cartílago se desgasta, pierde grosor y acaba dejando el hueso expuesto. El organismo responde generando deformidades, quistes, espolones óseos (osteofitos) e inflamación de la membrana sinovial, lo que produce dolor, rigidez y limitación funcional.
Es la enfermedad articular más frecuente en la consulta de traumatología y la causa principal de discapacidad relacionada con las articulaciones en personas mayores. Su evolución es gradual: puede permanecer estable durante años o progresar lentamente, y el objetivo del tratamiento es frenar su avance, controlar los síntomas y mantener la calidad de vida.
La causa más frecuente es el envejecimiento, pero existen factores que aceleran el desgaste: el sobrepeso y la obesidad, que multiplican la carga sobre la rodilla; los antecedentes de lesiones (roturas de menisco, lesiones de ligamentos, fracturas articulares); la práctica de deportes de alto impacto durante muchos años; la historia familiar de artrosis; y algunas enfermedades (diabetes, gota, artritis inflamatoria, osteonecrosis) o infecciones previas de la articulación. Las deformidades de alineación, como el genu varo (piernas arqueadas) o el genu valgo (rodillas que se juntan), concentran la carga en una zona del cartílago y favorecen el desgaste asimétrico.
El síntoma principal es el dolor de rodilla que empeora con la actividad física y mejora con el reposo: duele al caminar cuesta abajo, al subir y bajar escaleras, al ponerse en pie tras estar sentado o al arrancar a andar. Es típica la rigidez matutina que cede en pocos minutos, los chasquidos y crujidos (crepitaciones) al mover la rodilla, la sensación de pierna cansada o de que la rodilla "no acompaña", y en fases avanzadas la limitación de la movilidad, el derrame articular y la deformidad visible. El dolor nocturno que despierta al paciente es un signo de artrosis más evolucionada.
Conviene aclarar un punto que preocupa a muchos pacientes: la artrosis no se cura, pero sí se trata muy bien. Con el plan adecuado, la gran mayoría de pacientes consiguen controlar el dolor y mantener una vida activa durante muchos años, y en los casos avanzados la cirugía ofrece resultados excelentes.
El diagnóstico es clínico y radiológico: la historia del dolor y la exploración física se confirman con una radiografía simple de rodilla en carga, que muestra la pérdida de espacio articular, la presencia de osteofitos, el quiste y la esclerosis ósea subcondral, y permite clasificar la artrosis en grados (I-IV) que orientan el tratamiento. La resonancia magnética no suele ser necesaria para el diagnóstico, pero aporta información detallada del cartílago, los meniscos y los ligamentos en casos dudosos o con lesiones asociadas. En pacientes con inflamación de varias articulaciones o síntomas atípicos, una analítica ayuda a descartar artritis inflamatoria u otras enfermedades reumatológicas que requieren un enfoque distinto.
El ejercicio es, junto al control de peso, el tratamiento más eficaz para la artrosis de rodilla, pero no todo el ejercicio es igual. Se recomienda actividad aeróbica de bajo impacto: natación, aquagym, bicicleta estática, elíptica y marcha en terreno llano, combinada con ejercicios de fortalecimiento de cuádriceps e isquiotibiales y de movilidad articular. La regla práctica es que el dolor tolerable durante la actividad y que cede en las horas siguientes es aceptable; el dolor que persiste o aumenta al día siguiente indica que la carga ha sido excesiva y debe ajustarse.
Deben evitarse o limitarse los deportes de impacto y de giro (correr en asfalto, saltos, fútbol, tenis) y las cargas repetidas (arrodillarse, ponerse en cuclillas, subir escaleras en exceso). No se trata de dejar de moverse, sino de mover la rodilla de la forma que la proteja: una rodilla con buen tono muscular y con movimiento regular se duele menos que una rodilla inmovilizada.
La artrosis se clasifica en grados según los hallazgos radiológicos. En el grado I el espacio articular está mínimamente reducido y los síntomas suelen ser ligeros e intermitentes. En el grado II hay una pérdida clara de espacio articular y osteofitos incipientes, con dolor al hacer esfuerzos. En el grado III la reducción del espacio es marcada, con deformidad inicial, y el dolor interfiere en la vida diaria. En el grado IV el cartílago prácticamente ha desaparecido, los huesos rozan entre sí, hay deformidad visible y el dolor es frecuente, incluso en reposo o por la noche.
Esta clasificación orienta, pero no decide sola: hay pacientes con grado III muy sintomáticos y pacientes con grado IV que se manejan bien con medidas conservadoras. La indicación de infiltraciones, PRP o cirugía se establece combinando el grado radiológico con los síntomas, la edad, la actividad y las expectativas del paciente.
El tratamiento de la artrosis de rodilla es escalonado y comienza con medidas conservadoras, que son la base en cualquier estadio: ejercicio físico adaptado (natación, bicicleta estática, fortalecimiento muscular), control del peso, fisioterapia y analgesia pautada. Perder peso es, junto con el ejercicio, la medida más eficaz para frenar la progresión: cada kilo de menos alivia la carga que soporta la rodilla. El calzado con amortiguación y las plantillas pueden ayudar en casos seleccionados.
Cuando estas medidas no bastan, se recurre a las infiltraciones articulares ecoguiadas: ácido hialurónico (viscosuplementación), que mejora la lubricación y el amortiguamiento de la articulación, y corticoides en brotes inflamatorios agudos. La infiltración de plasma rico en plaquetas (PRP) y, en casos seleccionados, el concentrado de médula ósea (BMAC), se utilizan como terapia regenerativa para aliviar el dolor y mejorar la función en artrosis leve-moderada, sobre todo en pacientes jóvenes y activos. Ninguno de estos tratamientos regenera el cartílago perdido, pero pueden retrasar la necesidad de cirugía.
Cuando la artrosis es avanzada y el dolor o la limitación funcional no responden al tratamiento conservador, la cirugía es la opción que ofrece mejores resultados. La prótesis de rodilla sustituye las superficies articulares dañadas por componentes metálicos y de polietileno de alta resistencia, eliminando el dolor y devolviendo la movilidad. Existen dos grandes opciones: la prótesis total de rodilla, cuando el desgaste afecta a los tres compartimentos de la articulación, y la prótesis parcial (monocompartimental), cuando solo está dañado un compartimento, que conserva los ligamentos y permite una recuperación más rápida. En pacientes más jóvenes con artrosis unicompartimental también puede valorarse la osteotomía de realineación, que redistribuye la carga sin implantar prótesis.
La decisión de operar se toma de forma individualizada, valorando la edad, la actividad, el grado radiológico, la intensidad del dolor y las expectativas del paciente. Los resultados de la prótesis de rodilla son excelentes: la gran mayoría de pacientes quedan libres de dolor y recuperan una función muy satisfactoria para su vida diaria.
Debe consultar a un traumatólogo si el dolor de rodilla es persistente o progresivo, si la rigidez limita su actividad diaria, si hay derrames de repetición o si nota deformidad o pérdida de movilidad. Cuanto antes se establezca el diagnóstico y el plan de tratamiento, antes se controlan los síntomas y más opciones conservadoras se pueden aprovechar antes de plantear la cirugía.
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Última revisión: 2026-06-25